El instante arquetipíco: por Erik Castillo




LA ESCULTURA

DE PANTALEÓN RUIZ






“Mármoles y aluminios que no empañan el reflejo  ni el aliento ni el alba de unos ojos de niño”: 

Bernardo Ortiz de Montellano



La imagen tiene un aire de sencillez ancestral: dos figuras de niños juegan a la pelota y al trompo en la cúspide de una escalera de trabajo. La relación proporcional entre el tamaño de las figuras y el de la escalera nos lleva a imaginar más la posibilidad de una escalera gigante que la de unos chicos en miniatura. De hecho, hay otras cuatro figuras de niñas y niños jugando en los escalones de los dos tramos de la escalera. El instante del juego y la presencia alegórica de la escalera, fijados para la posteridad en la pieza de bronce, traen a la memoria genealogias de imagenes encriptadas que representan las etapas de la vida, los grados del conocimiento o la línea del destino. En otra pieza semejante, ocho figurillas juegan y se trepan en una rueda también monumental. No es precisamente una rueda de la fortuna, pues carece de cabinas o, más bien, es una versión genérica o sintética de la misma. La idea se cumple de nuevo: hay un personaje de pie en la cima, con los brazos en alto en señal de triunfo o de plenitud. En una variación de esta escultura con dos figuras humanas, la rueda remite al culto al sol. 

Los puntos límite de la existencia, signados por el sube y baja de la escalera y la rueda, son la alternancia sucesiva de todas las formas de anábasis (ascenso) y catábasis (descenso). Una referencia histórica del uso artístico de las iconografías de la escalera y la rueda es la del inglés Edward Coley Burne-Jones (1833-1898), un integrante de la Hermandad Prerrafaelita, en sus obras La escalera de oro y La rueda de la fortuna, ambas pintadas en la segunda mitad de la década de los años setenta del siglo XIX. Las esculturas de la escalera y la rueda que describí al principio del texto, de la autoría de Pantaleón Ruiz, son representaciones alegres del mismo repertorio simbólico y hermético del que echaron mano los simbolistas decimonónicos; y, al mismo tiempo, son transcripciones cultas de contenidos tomados de la sabiduría popular. La observación de la narrativa de ambas piezas se asemeja, desde la óptica del sistema del arte, a la experiencia que dejan en nosotros los juegos y los juguetes popula-res, el cancionero vernáculo, los dichos y refranes o las fiestas y las ferias de los pueblos.

La producción escultórica de Pantaleón Ruiz, inventor de alegorías gozosas del ascenso y el descenso existenciales, aborda los temas que aparecen en el resto de los medios disciplinarios que comprende su obra plástica, más algunos otros que son especialmente propicios para las piezas estereométricas o tridimensionales. Las obras con figuraciones de animales, de seres antropo-zoomórficos o de animales antrópicos son las más recurrentes. Estas dos últimas categorías se refieren, primero, a las figuras que integran aspectos humanos y animales en híbridos mitológicos (por ejemplo, el minotauro); y, segundo, a los personajes de animales que realizan actividades humanas (como el conejo beisbolista, el búho violinista o el gallo del acordeón). En el caso concreto de los animales, el artista crea avatares diferenciados: hay unas piezas con especies del reino natural real (elefantes, caballos, aves) y otras con criaturas fantásticas o híbridos (aves-crustáceo). Algunos seres, como el saltamontes o los caracoles, son figurados a manera de carros rodantes vivientes que los niños jalan y empujan en escenas idílicas de juego. Es memorable la pieza en la que, en una dimensión ontológicamente distinta, el escultor ofrece la composición de un elefante naturalista que corre con niños montados y colgados de él.

Por otro lado, cultiva la observación de la vida diaria en la comunidad donde habita. Así, se comprende por qué los personajes humanos de sus esculturas son prototipos en su mayoría, siluetas anatómicas sintetizadas. Sin rasgos en el rostro, desnudas a la vez que vestidas, las figurillas están emparentadas con aquellas que dibujan los niños —en un alarde de economía formal- usando unas cuantas líneas. Hay, por supuesto, variantes como la figura del Quijote a caballo o la pieza magnífica de la mujer mítica que echa a volar al pájaro. El aspecto prototípico de las figuras compensa y armoniza la articulación arquetípica con la que Pantaleón Ruiz dota a sus esculturas. El arquetipo es un modelo icónico, colectivo y universal. En el caso del discurso del artista, los animales encarnan las imágenes asociadas a los arquetipos del juego, el saber, el arte, la alegría, el amanecer, la introspección, la aventura, el viaje, la libertad y la plenitud. Las figuras antrópicas diseñadas con formas sumarias reúnen las caracteristicas esenciales de la especie humana; en su relación con los objetos (la rueda, la escalera, los juguetes) completan el enunciado plástico cifrado en las composiciones y son prototipos o módulos cuya multiplicación

genera patrones de belleza.

Como sucede con la identidad estética de varios autores visuales oaxaqueños y mexicanos, la práctica artística de Pantaleón Ruiz se encuentra anclada en una simbiosis interesante de modernidad y contemporaneidad. México, en general, es una nación con energías culturales originarias, coloniales, modernas y contemporáneas. Los artistas que han contraído el desafio de dicha simbiosis reflejan la marca de la pluralidad histórica en sus trayectorias y en su producción. Se trata de agentes creativos multi-temporáneos, que sostienen un compromiso triple al dialogar con la memoria remota, el pasado reciente y la actualidad. De ahí, la atracción que despiertan distintas tendencias de pin-tura, escultura, estampa, fotografía, arquitectura, literatura, música, teatro, danza y cine de México. El trabajo de Pantaleón Ruiz se encuentra en esa extraordinaria encrucijada, fluye en una etapa de consolidación y promete nuevos desafios.




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