Un jardín de plomo: Por Guillermo Santos
(Acerca de la obra reciente de Pantaleón Ruiz)
En una de las entradas de su Diccionario de las Artes, Félix de Azúa nos recuerda que en la Italia renacentista “los pintores pertenecían al gremio de los boticarios y un gran pintor era aquel que tenía una gran bottegha, que es como decir una gran farmacia”. La palabra griega Pharmakón (de donde deriva farmacia) designa una diversidad de significados que se superponen (o se anulan, o se potencian): veneno, remedio, droga, conjuro, tratamiento… Que un pintor tuviese conocimientos mineralógicos, químicos (o alquímicos), botánicos, acaso espirituales, además de los propios del arte de la perspectiva y el dibujo, para ejercer su oficio, produce una especie de tristeza, la ilusión por un pasado irremediablemente perdido.
Es evidente que la práctica pictórica se ha transformado por completo, y que muchos valores del arte clásico se han subvertido, y otros más han ganado peso o han desaparecido. Nuestra idea de la pintura se enriquece por la variedad de intenciones, alcances y propuestas estéticas, y por el contexto en el que nacen. Al mismo tiempo, podríamos decir que en el presente el horizonte pictórico es difuso, pues somos incapaces de crear una definición de pintura que abarque a artistas tan disímiles como los de este incipiente siglo y los de cien años atrás. Esta opacidad es significativa, como si aquello que no podemos ver, por exceso de imágenes, nos permitiera, paradójicamente, observar con mayor nitidez ciertas obras.
Cada creador contradice, tergiversa, añade, subraya o modifica un pie de página de la historia del arte. Y en ocasiones un artista plástico es capaz de remontar la historia de su oficio y ofrecernos por instantes el vislumbre de un proyecto inverosímil, anacrónico, aportador. Éste el caso de la última serie realizada por Pantaleón Ruiz (Oaxaca, 1974): un conjunto de cerca de 400 plomos en amplio formato (en su mayoría inéditos y trabajados en el último par de años en su solitario estudio de Teotitlán del Valle).
Más allá de la cantidad de obra, me gustaría detenerme en las peculiaridades simbólicas, en la potencia física de cada una y del conjunto, esencialmente por los materiales, ideas y objetos que han intervenido en su realización, y también por las dimensiones de cada pieza.
Estas pinturas, en los que se ha sustituido la tela por una lámina de plomo sobre un bastidor de cedro y aluminio, han sido afectadas por distintos procesos, tanto físicos como químicos: se han usado ácidos y otras sustancias corrosivas para hacer “reaccionar” al metal. Al principio, las transformaciones dan a la lámina una escala de colores austera (que va del blanco de titanio al gris y muy ligeros matices de amarillo y azul, fundidos, obviamente, entre las grietas). Las sales que se producen van sedimentándose en formas y estelas que dan una riqueza táctil y sensorial a cada placa, ninguna igual a la otra.
Los objetos que el pintor va colocando sobre el plomo dejan huellas: hojas, plantas, hierbas, los mismo que guantes, ropones de bautismo, mandiles, telas, pantalones de trabajo y otras vestiduras. Todo va constituyendo relieves. Se van creando meandros, laberintos, bifurcaciones. Este proceso nos descubre la riqueza del azar: muchas zonas van afectándose sin que se conozca con certeza cuál será el resultado. Y en un diálogo muy acertado con la rispidez del plomo, Pantaleón Ruiz interviene las placas con una pátina de color, utilizando pigmentos minerales como el cinabrio, el lapislázuli, la azurita. Partiendo de colores primarios, va buscando la composición y recomposición de los objetos. El resultado es un conjunto de gradaciones visuales, en una transición sutil, una especie de poesía de los colores que mantiene una resonancia con los procesos naturales de la sedimentación, la erosión y las formaciones vegetales.
Tal como los fósiles, estos plomos son capaces de indicarnos la relación que hay entre la dureza de lo pétreo y la fragilidad de la forma, añadiendo, evidentemente, una reflexión sobre el comportamiento de colores. Da la impresión de que son objetos que se van creando bajo una enorme presión, justo como todo lo que ocurre por debajo de la tierra durante millones de años.
Usando sabiamente las de fuerzas cósmicas que conforman la fisonomía de la tierra (sedimentación, pero también erosión, meteorización), podríamos aseverar que Pantaléon Ruiz ha encontrado una especie de yacimiento. Y este yacimiento, curiosamente, preserva lo antiguo y lo contemporáneo, el gesto humano y la riqueza de lo mineral, fundidos ambos en un abrazo poético.
Pienso en un conjunto de cortes, de estratos de otras eras: peces, insectos, cangrejos, hojas, huesos, todo esto atrapado en el metal, en la piedra. Losanges, pizarras, lajas. Y, de pronto, todo eso en un mismo espacio. En un mismo gesto. Como si fuera un descubrimiento de objetos de otro tiempo. Espejos enterrados. Que han ganado lustre y vivacidad en el contacto con la tierra. La sensación de cómo el tiempo ha transcurrido, y con el viento, el agua, el polvo, todos los elementos naturales han dejado un vestigio, acude a nosotros. Nos convertimos en testigos de un tiempo remoto.
Me interesa indicar aquí que las metáforas geológicas son importantes para alguien que trabaja desde las afiladas montañas de un pueblo como Teotitlán del Valle, donde todavía se habla el zapoteco y se conservan algunas tradiciones prehispánicas. Quiero decir que hay una necesidad en esta serie de ir hacia lo profundo. Como las semillas, que tienen que caer y permanecer en la oscuridad para poder emerger a la luz y producir algo nuevo, estas pinturas nos hablan del arduo proceso de transformar la materia informe en arte, es decir, en signo, en mensaje, en pregunta.
En esta época, en que la pintura se piensa inclusive como un conjunto de tubos de aluminio producidos industrialmente con los cuales es posible embadurnar telas una y otra vez, Pantaleón Ruiz construyó singificativo un jardín de piedra, un conjunto de piezas que hablan de las raíces, tanto las de Oaxaca como las de la tradición plástica de Occidente. Buscó eso, la exaltación de cierto modo de hacer las cosas: macerar polvos, pigmentos, mezclar químicos, trabajar con las propias manos, pintar con los dedos. Regrasar, melancólicamete, a un origen incierto. Quiso emular, desde nuestro presente, la tradición de la alquimia, con su influencia tan fuerte en la historia de la pintura. Para poder encontrar la belleza, Pantaleón Ruiz tuvo que cruzar un pantano de sustancias volátiles y corrosivas, gases venenosos e incluso mortales. De ahí la necesidad de citar la palabra pharmakón: lo hemos dicho antes: veneno, remedio, droga, conjuro, tratamiento. Estos plomos son todas esas cosas. Y son, también, aquellas que el espectador descubra en sus laberintos interiores hechos de tallos.
Este conjunto de plomos se distingue en la creación de Pantaleón Ruiz porque forma una unidad específica. La frialdad del metal se tranforma por la calidez de los tonos, aunque también por la exhuberancia vegetal y sensorial que los atraviesa. No evocan ya la era postindustrial y técnica, con sus residuos y restos desperdigados por las ciudades, sino la prodigalidad de la tierra. La variedad de temas, estilos y técnicas que Pantaleón Ruiz ha tocado en el último par de décadas se concentra aquí, en este punto y aparte que acaso divide en dos su creación. Frente al relato mítico y en ocasiones mágico atribuido a la pintura oaxaqueña, esta serie serviría de contrapunto.
Unas líneas más arriba me referí a estos plomos como “un jardín de piedra”. Me animé a nombrar así este texto porque el componente vegetal está muy presente. Me parece que hay una vena naturalista que lo atraviesa todo, la búsqueda de la armonía visual y sensitiva que habita a las plantas y los espacios que resguardan a las plantas. Todo esto me recuerda al trabajo arduo aunque también delicado que lleva a cabo cualquier jardinero bajo el sol, entre la hierba, enfrentado al clima. Creo que hay mucho de apunte botánico en estas pinturas. La necesidad de exaltar y preservar las hojas, las raíces, las ramificaciones, pero también las propiedades que se derivan de la vegetación, con sus sutancias curativas y venenosas. Pienso en el jardín como una metáfora. Un jardín, como siempre, es un pedazo del mundo en el que se ha creado o moldeado todo el legado cultural y natural que poseemos. Los jardínes son lugares donde se habla otro lenguaje. El de las piedras. El del color verde. El del viento. El de la geometría o el de la ausencia de geometría. Y me pregunto si es posible todavía, en la era de las extinciones masivas, en la de los grandes objetos apocalípticos, en el de la contaminación y escasez agua, pensar en nuestros propios jardínes, aunque sean simbólicos. Para un artista como Pantaleón Ruíz la respuesta es afirmativa.