El hilo de los sueños: Por Juan Villoro
Hace unos años acompañé al pintor zacatecano Juan Manuel de la Rosa a la hacienda de sus ancestros, enclavada en el desierto. Recorrimos una extensa región de huizaches y magueyes broncos hasta avistar los muros de piedra de Sierra Hermosa que se alzaban con melancólica dignidad. Los avatares de la historia habían reducido aquel antiguo emporio agrícola a un conjunto de trojes abandonadas y un casco de ruinosa grandeza. En ese sitio de esplendor interrumpido, el artista decidió fundar un centro cultural.
Discípulo de su paisano Manuel Felguérez, De la Rosa se ha decantado por la pintura abstracta, pero carece de dogmas para abordar las más distintas vertientes de la plástica, la música o la literatura. Al iniciar su proyecto, impulsó a las tejedoras de la zona a hacer textiles sin propósito utilitario, guiadas por el placer de combinar formas y colores. Para apoyarlas, invitó a maestros de la capital del Estado. En la primera sesión ocurrió algo peculiar: con el paternalismo con que los teóricos del arte se suelen dirigir a los artesanos, una maestra propuso que tejieran paisajes para celebrar las tradiciones y la flora y la fauna del lugar. La idea parecía más antropológica que estética. Una de las alumnas respondió en el acto: "Nosotras no queremos retratar lo que vemos, sino lo que soñamos".
Esta parábola sobre la libertad artística sirve para introducir la excepcional aventura de un creador zapoteco. Nacido en 1974, en Teotitlán del Valle, Oaxaca, Pantaleón Ruiz descubrió las múltiples maneras de representar el mundo en el taller de textiles de su familia. Antes que pintor y escultor fue tejedor, única rama del arte que permite contemplar el revés de la obra, el confuso entramado que sostiene la nítida superficie del tejido. El escritor no incluye en sus novelas los borradores que la hicieron posible ni el escultor ofrece los trozos de materia que descarta para llegar a la pieza decisiva. El tejedor, en cambio, brinda tanto la tela como su reverso, ejemplo de que todo logro está hecho de esfuerzos y múltiples enredos.
En Oaxaca, los textiles conforman un refinado sistema de comunicación.
Según explica la lingüista y escritora mixe Yásnaya Aguilar Gil, una blusa o un vestido otorgan especial sentido de pertenencia. Alguien ajeno a esos códigos puede evaluar los bordados exclusivamente por la combinación de sus colores; para quienes los portan, se trata de signos de identidad.
Pantaleón Ruiz adquirió un oficio riguroso, que permite entender una obra de frente y al revés, y que expresa los valores profundos de una comunidad. Al mismo tiempo, como aquella tejedora de Sierra Hermosa, decidió expresar no sólo las cosas que le entran por los ojos, sino las que aparecen en las imprevistas aguas de los sueños.
Como tantos de sus paisanos, Pantaleón Ruiz emigró de joven a Estados Unidos, lo cual amplió su horizonte y le permitió atesorar nostalgias. La mirada se desplaza en el espacio, pero también en el tiempo. Ante lo ajeno, el pintor recordó lo propio. Su país no estaba ahí: lo llevaba a cuestas. De manera emblemática, se convirtió en destacado retratista de las mascotas de los migrantes: los pájaros que vuelan del mismo modo en cambiantes escenarios.
No es frecuente que la estatuaria incluya el sentido del humor. Para reír hace falta ligereza y esto difícilmente ocurre con obras que pesan toneladas. Damián Bayón hablaba de la escultura de "puño cerrado" y la escultura de "mano abierta" para referirse a las obras monumentales que interrumpen el paisaje como un sólido bloque o permiten verlo a través de sus aperturas. El crítico argentino ignoró una tercera alternativa, que acaso no proviene de la tradición escultórica sino de la juguetería. El arte sirve para reinventar el universo y Pantaleón refuta a Newton con esculturas que carecen de gravedad y cuentan fábulas con moraleja. El gallo suele ser el ave más orgullosa del corral y valora su prestigio de despertador matutino. Con ingenio, Pantaleón inventa un gallo que toca el acordeón. Tal vez lo hace porque en el fondo desconfía de su canto o para potenciarsu estruendo hasta que lo oigan las gallinas del corral vecino. Otra escultura muestra a un caracol que es empujado. ¿Va más rápido por ello? Por supuesto que no; el caracol no niega su naturaleza: revela que las urgencias sirven para ir despacio.
El género de la fábula proviene de un maestro que conoció las injusticias y las combatió con divertidas enseñanzas morales. Esopo fue esclavo, asumió la tarea de educar a los niños nobles y conquistó su libertad a fuerza de palabras. La imaginación, siempre leve, se venga de la pesantez del mundo. En su vertiente de escultor, Pantalón Ruiz logra que una materia de rotunda consistencia mineral adquiera sorprendente ligereza. Por si alguien dudara de esto, una de sus estatuas salta.
En 2018, Miquel Barceló exhibió en el Jardín Botánico de Madrid una muestra con el sugerente título de El hilo que nos une. El pintor mallorquín dialogaba en ese espacio con los bordados de su madre, que transforma los diseños de su hijo en manteles y fundas para cojines. En el texto de la exposición, Barceló reflexionó sobre su origen como artista en compañía de una madre que representa el mundo con hilos de colores. Cuando él abandonó la casa materna, la comunicación continuó a través de otro hilo, el del teléfono.
De manera semejante, los cuadros de Pantaleón Ruiz remiten al telar materno. La urdimbre de los días lo ha llevado a explorar el horizonte sin perder el hilo del taller de su familia. Llega lejos para volver a Teotitlán.
Este relato de lo propio y lo diverso depende de cosas tan ciertas como las tierras y las telas coloridas de Oaxaca, pero también de cosas que sólo un artista vuelve ciertas: las imágenes que se anudan con el hilo invisible de los sueños.