Noche de insectos eléctricos y fieras de seda: Por Enrique Juncosa
“El presente es perpetuo Los montes son de hueso y son de nieve están aquí desde el principio”:
Octavio Paz
ES TENTADOR PENSAR LA OBRA DE PANTALEÓN RUIZ, sin negarle su indiscutible personalidad, como continuadora en algunos aspectos de quienes son tal vez los dos más grandes artistas oaxaqueños: Rufino Tamayo (1899-1991) y Francisco Toledo (1940-2019). Los dos pasaron largas temporadas en el extranjero, en Nueva York y en París, ciudad ésta última en la que se conocieron, disfrutando en vida de un notable prestigio internacional. Oaxaca, en parte gracias a la generosidad de Tamayo y de Toledo, y especialmente de éste último, se ha convertido en una ciudad con una notable vida artística y cultural, en la que se ha generado incluso un estilo de pintura característico, con imágenes frecuentes de distintos insectos (y otros animales); gamas cromáticas intensas y luminosas; y gruesas texturas matéricas.
Pantaleón Ruiz también vivió en los Estados Unidos, pasando catorce años en San Francisco, donde llegó siendo muy joven. Allí entró en contacto con el arte moderno y contemporáneo, frecuentando museos y galerías, y decidió pronto que en este mundo encontraría su forma de vida. Al volver, Ruiz se ha involucrado en actividades sociales y filantrópicas, como la planificación de un futuro centro cultural en Teotitlán del Valle, la ciudad en donde nació y en donde vive. Y su práctica, sobre todo, está enraizada en su tierra, trabajando desde el taller artesanal de su familia y estando profundamente interesado en cuestiones técnicas. Cuando le visité en su estudio, en julio de 2021, me contó que había aprendido mucho del gran restaurador mexicano Manuel Serrano, quien por cierto también fue colaborador de Tamayo y de Toledo, además de otros artistas.
Ruiz dice también que su imaginario tiene mucho que ver con su infancia, habiendo crecido en el campo, paseándose descalzo, en el seno de una familia que criaba toros y caballos.
Tamayo, Toledo y Ruiz descienden los tres de familias zapotecas, y crearon, o están creando, en el caso de Ruiz, mundos mítico-poéticos propios, enraizados en la cultura de sus ancestros. La obra de los tres está relacionada, de distintas formas y con diferentes énfasis, con los mitos y leyendas zapotecas; el arte precolombino, en general; la vida cotidiana tradicional, incluidas las labores artesanales; la cultura llegada de Europa en la época colonial, y las teorías estéticas contemporáneas, todo ello subrayando cuestiones tanto identitarias como multiculturales, además de formales o metalingüísticas.
Otra de las cosas que me llamaron la atención al visitar el estudio de pantaleón ruiz fue su prodigiosa capacidad de trabajo. las distintas estancias del enorme lugar que ha utilizado hasta ahora para trabajar estaban repletas con sus obras, razón por la que está construyendo un nuevo estudio.
Estas obras, como puede verse en este libro, forman distintos grupos o familias, según las técnicas utilizadas. En cuanto a su temática, Ruiz mezcla de una forma atractiva y singular aspectos de su vida cotidiana con otros ligeramente fantásticos u oníricos. Su mirada los transforma en asuntos celebratorios de belleza misteriosa. Pinta aves, como gallos, colibríes o zanates; animales domésticos, como los caballos y toros; insectos; escenas de lluvia melancólicas; paisajes y jardines de colorido irreal; ciclistas que parecen volar; retratos; o jugadores de béisbol. Al hablar de sus obras, sin embargo, Ruiz se refiere sobre todo a detalles técnicos, enfatizando lo deliberados que son los efectos que con ellos consigue. La obra de Ruiz sustenta su poética a partir de la metamorfosis incesante de la materia, deleitándose en la forma en que ésta se convierte en imagen, siendo éste su tema más frecuente y una idea unificadora de todos sus estilos. Sus esculturas, por otra parte, tienen movimiento, o lo sugieren, dando forma a ruedas o escaleras, por ejemplo, y convirtiendo animales, como un caracol, en vehículos de carga y aspecto, tanto ceremonial como de ilustración de una fábula. Todo parece obedecer a una teoría de la visión que es dinámica y en constante transformación.
La obra de ruiz no descansa sólo en sus aspectos meramente representacionales. Los espacios que visualizamos en sus tapices de lana, por ejemplo, son inventados.
En ellos podemos encontrar siluetas de figuras antropomórficas en calma, en el interior de un paisaje que podría ser una pintura abstracta, o dispuestas de forma en parte simétrica, siendo su sentido principalmente compositivo. En otra ocasión las figuras adoptan posiciones forzadas que podríamos llamar expresionistas, con los brazos extendidos y las piernas separadas, rodeados de una suerte de halo o aura blanca. Parece que estas figuras practican algún juego o deporte. El espacio en el que se desenvuelven es ambiguo, hecho con manchas de colores. Algunas de estas manchas tienen forma de rostros o de máscaras, que contemplan lo que sucede y sugiriendo una naturaleza intemporal.
En otros tapices vemos troncos de árboles vagamente antropomórficos, con sus ramas repletas de aves y pájaros, y algunos monos y ardillas. El árbol es uno de los grandes simbolos característicos de muchas culturas históricas, representando en general la vida del cosmos, siendo un eje del mundo. Los pajaros, capaces de volar, son emblemas de la espiritualidad y del ascenso a los cielos.
El conjunto de obras realizadas con grafito constituye uno de los aspectos más destacados de la obra de Pantaleón Ruiz. Estas obras son negras y monocromas. Ruiz explica cómo las realiza. La forma en que pule el grafito les da a las obras una calidad mineral, sin huella alguna de manos o pinceles, semejante a la de los espejos de obsidiana de los aztecas.
Después dibuja sobre esta superficie rasgándola con instrumentos metálicos puntiagudos: clavos, tornillos o gubias, que descubren al rasgar la superficie el blanco que hay debajo del grafito. La sensación es que las imágenes se pintan con luz, extraídas literalmente de la materia misma, y convirtiéndose en metáfora de las posibilidades de significación de la pintura. Las imágenes surgen de una malla de líneas circulares superpuestas, continuando un dibujo originario, como concretándose entre muchas otras posibilidades. La obsidiana es un vidrio volcánico que, una vez pulido en planchas circulares —los espejos mencionados—, constituía una herramienta para la adivinación y los conjuros. El negro, por otra parte, se relaciona a menudo con la noche, y con el mundo de los sueños y de las apariciones.
Los temas de los cuadros en grafito son diversos. Encontramos insectos, como polillas y libélulas, tal vez los insectos eléctricos de los que habla Octavio Paz en uno de sus poemas más conocidos ("Viento entero"). A veces, además, alas de los insectos se convierten en los ojos de rostros humanos. Estos ojos son el aspecto más importante de los rostros, sugiriendo visiones interiores.
También podrían ser máscaras, con sus connotaciones rituales o mágicas.
Siguiendo con las obras realizadas en grafito, encontramos también en ellas imágenes de animales, que más que emblemas de fuerzas totémicas, se refieren a la infancia, como ya hemos dicho, de una forma lúdica, celebratoria y hedonista. En otras obras vemos mujeres vestidas con ropas y peinados intemporales, o bailarinas que juegan con las madejas de hilo de donde surgen sus mismas imágenes. Algunas de las obras tienen una apariencia simbólica, como un rostro que se comunica con un corazón bajo una densidad de mallas lineales. Le pregunté a Ruiz si había aquí una referencia a Las dos Fridas (1939), una de las obras más conocidas de Frida Kahlo, y me contestó que no era consciente de ello pero que bien pudiera serlo de una forma inconsciente.
En otra obra, un niño y una niña vuelan cometas, pequeños en la distancia, tras la imagen de un ave, probablemente una cigueña, de cuyo cuerpo parece salir el torso de un hombre enmascarado.
Otra familia de obras son las que podriamos llamar pinturas matéricas. el fondo de estas obras está realizado con goteos de colores, herederos de alguna forma de los drippings de Jackson Pollock.
Encima de estos fondos repletos de puntos de colores pueden aparecer siluetas de distintas imágenes transparentes, en contraste con el grosor de la materia. Otras veces, las imágenes están claramente pintadas, no sólo silueteadas, encima del fondo matérico. Algunas tienen sentido del humor, como las que representan a figuras con paraguas, como si los puntos de colores fueran gotas de lluvia. Otras veces las imágenes son difíciles de ver, camufladas por el fondo y su riqueza cromática, recordando las pinturas de imágenes superpuestas de Francis Picabia, artista que también pintó en diferentes estilos. Los colores de estas obras matéricas son de una gran intensidad, y parecen provenir de un uso casi directo de pigmentos y aglutinantes. Raramente, los colores que usa Ruiz son naturalistas, apuntando más bien a un mundo arquetípico. De nuevo se repiten las imágenes de insectos, rostros, pájaros y animales de campo, además de músicos y deportistas.
Otra de las familias de obras de Pantaleón Ruiz está hecha a partir de collages de papeles hechos a mano. De nuevo el fondo en sí mismo ya tiene un interés visual, como en las obras con grafito o las materias hechas con goteos de pintura. Sobre ellos Ruiz ha dibujado jugadores de béisbol, un deporte muy popular en México. Las imágenes de los jugadores son semejantes a las que vemos en prensa y televisión. Estos deportistas pueden verse como una metáfora del
trabajo del artista, que también necesita de una gran dedicación. También, tal vez, nos remiten a los jugadores de la pelota en las culturas precolombinas, un deporte con connotaciones rituales. El mundo de Ruiz es, como estamos viendo, tan cotidiano como singular, como si todos los días fueran días de fiesta y el mundo estuviera siempre engalanado.
La serie de obras más recientes de Pantaleón Ruiz está hecha con plomo. Pantaleón usa en sus obras de plomo otras plantas, flores, ramas y hojas, y no necesariamente hojas de palma. Añade también blusas o huipiles, convirtiendo las obras en una suerte de memorial de experiencia personal convertida en mito. El plomo es un metal que interesaba a los alquimistas, por ser capaz de destruir otros metales. Era asociado a Saturno y también un símbolo de que la materia es receptáculo del espíritu, un tema que parece estar siempre presente en la obra de Ruiz.
Ruiz interviene con ácido sobre las superficies de plomo, sacando así tonalidades blancas. También alteran el plomo los jugos de las plantas que coloca sobre ellas. Cuando quiere detener esta transformación, expone las obras al agua de la lluvia o al agua de un pozo, rica a su vez en minerales que reaccionan con el plomo.
La obra de Pantaleón Ruiz, como vemos, es notablemente rica en sus aspectos técnicos, todos ellos utilizados como mecanismos para explorar su capacidad para generar sentido o significado. Sus imágenes se extraen de la materia siguiendo distintas estrategias. Como en un juego de máscaras, convierten a las pinturas de donde surgen en otra cosa, siendo emblemas de esa misma transformación, que a su vez es una reflexión sobre el paso del tiempo. Su obra puede disfrutarse por sus características físicas y formales, pero esconde también otras ideas, aunque sea de forma oblicua o sutil. Cuando dibuja un gallo con luz, rasgando una superficie pulida de grafito, éste es un símbolo, como ave que saluda el nacimiento del sol, de la mañana y de la renovación, pero no lo es de una forma pretenciosa. Ruiz se maravilla con lo cotidiano que le rodea, ejercita y explora su memoria de las cosas y constituye así un presente perpetuo que es distinto.